MARTA: LO QUE VERDADERAMENTE IMPORTA AL SEÑOR

En Lc 10:38-41 leemos:

«Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor,¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada

Este pasaje nos habla de dos hermanas, Marta y María, quienes vivían en Betania, un suburbio de Jerusalén. Da la impresión de que Marta es la mayor, porque el v38 dice que «Marta recibió a Jesús en su casa».

Las Sagradas Escrituras nos muestran vivencias muy domésticas, de las cuales podemos aprender grandes lecciones.
Durante muchos años, escuché sermones en los que se predicaba de la mundanalidad de Marta, y basados en eso se acusaba a la mujer en general de su poca espiritualidad; por lo que había que que arrancarla de su insípido mundo doméstico para llevarla a los pies de Cristo.


Muchos errores para un sólo sermón.

Debemos decir que es importante recordar quiénes eran estas dos mujeres. Ambas fueron verdaderas discípulas del Señor, eran hermanas de Lázaro, amaban a Jesús y Él las amaba entrañablemente. A lo largo de los evangelios podemos verlas experimentando importantes vivencias con el Señor.

Marta : preparó una cena para el Señor en casa de Simón el leproso (posiblemente su esposo) Mt 26:6; en Jn 11:27 la vemos haciendo una maravillosa declaración de fe.

Por otro lado, María: en la comida mencionada en Mt 26.6 y siguientes, ella ungió al Señor antes de Su muerte Jn 12.1-8; también fue testigo junto a su hermana y muchos otros, de la resurreción de Lázaro.

Por lo tanto, no es que Marta haya sido menos espiritual que María. Tampoco es que aquélla haya estado indiferente a la Ilustre Visita ¡No! Pues, lo doméstico a lo que Marta se estaba dedicando era para atender a Jesús, así le estaba sirviendo en esa ocasión, esa era su ofrenda. Sus talentos estaban siendo puestos al servicio de Cristo.
¿Qué habría hecho usted en esa situación, al ver a Jesús cansado y con hambre? Cada uno sirve al Señor con los propios recursos, recursos con los cuales Dios mismo nos dotó.

Entonces, ¿cuál fue el problema de Marta? En realidad vemos varios:
1) Ella no estaba valorizando debidamente la opción escogida por su hermana. En otras palabras, le dijo a Jesús: «Ayúdame, pues yo lo estoy haciendo todo y ella nada».
Marta actuó como aquellas personas que dan por hecho de que si los demás actúan diferentes a ellas, entonces están equivocados.

2) De alguna manera, estaba corrigiendo a Jesús: «Señor, ¿no te interesa que mi hermana no me ayude?».

La carga que ella estaba llevando era más pesada de lo que sus fuerzas podían
resistir; esa es una razón muy recurrente en las quejas. Si la ofrenda al Señor le estaba resultado gravosa, entonces ya no era agradable ni para su propio corazón, ni para Jesús mismo, puesto que el gozo en Marta ya estaba disminuyendo.

3) Vemos que, definitivamente, Marta había decidido por ambas cómo servir al Señor, y se organizó para ello. Y ya que María optó por pasar un tiempo exclusivamente escuchando al Señor, entonces el plan salió del control de Marta.

Lo más seguro es que María sí haya pensado en hacer su parte en lo doméstico (tal vez ya había cooperado con algo de trabajo), y que Marta haya, efectivamente, planeado sentarse a escuchar a Jesús después de preparar todo. Esto estaba bien, pero se afanó y en ello se excedió, otorgándole demasiado tiempo y fuerzas a su plan, tanto que al final amargó su corazón, pues se dedicó más a su ofrenda que a Aquel a quien iba a ser entregada.
Jesús valoró el trabajo y el amor de Marta, demostrados en su esfuerzo por atenderlo y satisfacer las necesidades del Maestro; pero todo tiene su lugar.

Apliquemos:

Los que estamos verdaderamente comprometidos con la obra (hombres y mujeres), solemos caer en el error de Marta: Nos afanamos tanto en hacer cosas para el Señor, que olvidamos sentarnos a Sus pies. Sobretodo, cuando vemos que los demás no están trabajando como debieran (o como creemos que debieran hacerlo).

Yo misma lo viví. De lunes a viernes trabajaba todo el día como Profesora de Inglés; llegaba a casa a realizar un poco de tareas domésticas, para después ir a las clases nocturnas del Instituto Bíblico. Poco a poco, dejé de tener tiempo para apartarme y estar a solas con mi Padre Celestial. Opté por levantarme una hora más temprano y dedicarla a mi Señor, pero con el correr de los meses llegué a estar tan cansada que me dormía en la oración matutina. «Felizmente», me dio una gripe muy fuerte. El médico se preocupó más por mi agotamiento, por lo que me prescribió reposo en casa por once días. En ese período, el Señor envío a mí a una sierva suya con el siguiente mensaje: «Me agrada lo que haces, porque lo haces para mí; pero estás dejando de lado lo más importante: el tiempo que tú y yo compartíamos».

Hermanas, el predicar no es lo que nos mantiene vivas espiritualmente, tampoco el amor práctico que mostramos al necesitado, aunque lo hagamos de todo corazón. Es el estar en la presencia de Dios, el dedicarle tiempo especial a «nuestra relación» lo que nos renueva para seguir adelante.

Marta estaba haciendo algo muy hermoso para el Señor, ¡qué delicias culinarias habrá preparado para su amado Jesús! En un lenguaje más actualizado: quizás puso su mejor mantel sobre la mesa, su cuchillería especial, su vajilla exclusiva, en fin; y todo era para Él, y eso estaba bien. Pero lamentablemente, estaba olvidando que lo más importante era su intimidad con Jesús.

Es en Su presencia donde somos revitalizadas, es ahí donde todo nuestro yo recibe el descanso necesario; es en la intimidad con el Amado cuando le conocemos más, y, por lo tanto, aprendemos a amarle más. Es ahí donde nuestra visión se amplía, es ahí donde la restauración se produce a la velocidad que corresponde; es a Sus pies donde perdonamos al que nos dañó, porque hemos entendido mejor el perdón de Dios; es en ese momento cuando nuestras lágrimas son enjugadas, y es en la íntima comunión con Dios cuando nuestra gratitud a Él se expresa con mayor derramamiento de corazón. Los beneficios son invaluables e incontables.

Mujeres comprometidas con la obra de Dios, consiervos amados, no cedan por nada este tiempo con el Señor. De ello depende que nuestro servicio a Él sea con gozo, con grandes fuerzas y paz necesarias.

Amén.

 
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